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Siete pecados capitales

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Siete pecados capitales
Los siete pecados capitales se refieren a los deseos o vicios del ser humano, que fueron clasificados según las antiguas enseñanzas morales del cristianismo. Para Santo Tomás de Aquino el significado de la palabra “capital” estaba orientado al hecho de que estos vicios originaron otros pecados y no tienen relación con la importancia. Estos vicios capitales tienen una peculiaridad, y es que son exageradamente deseables para el hombre. Y como consecuencia de este gran deseo, la persona comete innumerables pecados. En otras palabras, el deseo compulsivo hacia los pecados capitales hace que la persona busque satisfacerla de cualquier manera y a cualquier precio, lo que lleva a ejecutar a otros para alcanzarla.

Siete pecados capitales

Los pecados capitales son: lujuria, glotonería, codicia, pereza, enojo, envidia y orgullo.

LUJURIA

Se considera lujuria a aquellos pensamientos impuros que provienen de impulsos sexuales excesivos, deseo sexual incontrolado o desordenado. El adulterio y la violación también son parte de este pecado. Reflejando la falta de los mandamientos sexto y noveno.

La lujuria hace que el espíritu se vuelva ciego, que el corazón se endurezca, y que los deberes como cristianos practicantes sean aborrecidos. Dañando así la salud y las bellas virtudes del alma, así como la capacidad de amar.

La castidad es la virtud opuesta a la lujuria (1 Cor. 6:9), representa el dominio de la sexualidad a través del uso de la razón y ayuda a respetar tanto a las personas como a los demás. En otras palabras, significa la integración de la sexualidad en la persona. También forma parte de la virtud cardinal conocida como templanza, que impregna con razón las pasiones y el apetito de la sensibilidad humana.

GULA

La gula es un pecado caracterizado por el consumo de bebidas y alimentos sin medida. En otras palabras, es la máxima expresión de la gula. En otras palabras, es el vicio que consiste en comer vorazmente, o irracionalmente, con graves consecuencias físicas y sociales para la persona.

También se relaciona con la ansiedad. Somatiza el egoísmo, presente en las relaciones interpersonales, a través de este consumo excesivo. Ser un comportamiento destructivo, como el de una persona que se emborracha hasta perder la cabeza por el exceso de bebidas alcohólicas.

Este exceso irracional e innecesario. Se realiza sólo para dar placer y satisfacción a la sensualidad. San Pablo define a estas personas como idólatras, y al mismo tiempo dice que hacen de sus estómagos un Dios. La virtud que se opone a la glotonería es la “moderación” (2 Pedro 1:5-8).

AVARICIA

Es el amor excesivo y obsesivo por los bienes materiales, especialmente el dinero. Al avaro no le importa qué medios utiliza para obtener, conservar o aumentar su riqueza, no le importa si es lícita o ilícita.

La codicia hace que las personas se vuelvan duras e indiferentes a los más necesitados, no se preocupan por ganar o perder los bienes del cielo, también a menudo incita a querer apoderarse de la propiedad de los demás. La virtud opuesta a la codicia es la bondad (Gl. 5, 22-24).

Debes dar gracias a Dios por todo lo que te provee diariamente, te da todo lo que necesitas, gracias a Dios en todo momento por las provisiones que te da. Porque la codicia aumenta en exceso cuando Dios está fuera del corazón.

PEREZA

La pereza es la madre de todos los vicios, caracterizada por la incapacidad de la persona para hacerse cargo de su propia existencia. Hay dos tipos de pereza: espiritual y temporal.

A través de la pereza o la acidez, el individuo deja de lado su propio cuidado y de la misma manera pierde el cuidado del amor debido a Dios. Trae consigo renuencia, tristeza y soledad.

Este pecado se basa en la inmadurez del individuo y su incapacidad para aceptar o hacer algo. Al menor obstáculo o dificultad que se le presente, se le entrega.

La virtud que se opone a la pereza es la diligencia (Prov. 6, 6-12), que te impulsa a cumplir todos tus deberes con gran entusiasmo y exactitud.

IRA

La ira se caracteriza por un sentimiento desenfrenado e incontrolado que resulta de la ira y la rabia. Conduce a la negación de la propia realidad, a la discriminación, a la falta de paciencia, e incluso a la aplicación de la propia justicia sin esperar a que se dicten normas legales.

El movimiento desordenado del alma causado por la ira lleva al individuo a rechazar violentamente lo que no es agradable para él. Las causas que generalmente dan origen a este pecado son el orgullo y el apego obstinado a las propias ideas. Esto lleva a cometer blasfemias contra el nombre de Dios, a buscar venganza contra otros, a herir, herir y en ocasiones extremas incluso a matar. Atacar la dignidad y el honor de los demás.

La virtud que se opone a la Ira es la Paciencia (2 Tm. 3, 10).

ENVIDIA

La envidia se caracteriza por el sentimiento de pesar por el éxito o el bien de los demás. Este pecado no es simplemente una cuestión de querer lo que otra persona tiene, sino también de dejarse dominar por el deseo de que la otra persona no tenga ningún bien. En otras palabras, la envidia es un vicio que motiva el deseo de maldad de los demás. A veces se convierten en trastornos obsesivos.

La envidia se opone de manera contundente al amor al prójimo y también hace que el individuo sea esclavo de él. Es una tortura, un tormento constante que destruye el corazón.

La envidia es la madre de un gran número de pecados, como las sospechas injustas, la calumnia,  la discordia, el odio e incluso el asesinato.

La virtud que se opone a la envidia es la Caridad (1 Crónicas 9:24-27) que ayuda a tomar las penas y alegrías de otro como propias.

SOBERBIA

Es la desbordante y desordenada estima que uno tiene de sí mismo, haciendo que el individuo se considere a sí mismo un ser superior a los demás y por lo tanto busque elevarse por encima de ellos. En otras palabras, es la apreciación incontrolada de la propia valía lo que la hace importante y atractiva para los demás. Es considerado uno de los pecados más graves.

Este pecado se basa en ese deseo incontrolado de ser siempre mejor que los demás. Tanto física como intelectualmente. Ser el resultado de sobrevalorarse a sí mismo como persona. Una forma de arrogancia es el narcisismo o la vanidad.

La virtud que se opone al orgullo es la Humildad, que te ayuda a comprender y aceptar que nada te pertenece más que las obras del espíritu.

Pecados capitales

Los pecados capitales son, según la enseñanza de la fe católica, siete inclinaciones naturales del ser humano que pueden llevarlo a caer en otros pecados. En el siglo VI, el Papa Gregorio oficializó la primera lista de siete compuesta de orgullo, envidia, codicia, ira, lujuria, gula y pereza.

El término “capital” no se refiere a la gravedad de estos pecados, sino al hecho de que muchas veces nos llevan a cometer otros pecados. La Biblia no da una lista de los pecados capitales, aunque sí nos habla de estos siete y nos anima a superarlos. Veamos una breve definición de cada uno.

  • Orgullo o arrogancia: estima indebida y amor por uno mismo. Apreciación incontrolada de la autoestima, búsqueda intensa de atención y honor.
  • Envidia, celos: un deseo desordenado de poseer lo que otros tienen. Gran tristeza o dolor por el bien de los demás y alegría por sus reveses.
  • Codicia: Deseo excesivo de obtener bienes materiales y riqueza al estar dispuesto a utilizar, si es necesario, medios ilícitos para obtenerlos.
  • Ira: sentimiento de gran ira que nos lleva a comportarnos de una manera cruel y violenta. La causa puede ser real o aparente, pero el sentimiento es tan fuerte que a menudo nubla la razón y nos impide diferenciarnos.
  • Lujuria: deseo excesivo de placeres carnales que lleva a la inmoralidad sexual. Busca satisfacer el deseo sexual de manera impulsiva y desordenada.
  • Gula: gula, un apetito incontrolado de comida y bebida. No entiende los límites económicos o el daño que puede causar a la salud o a las relaciones interpersonales.
  • Pereza: afecto desequilibrado por el descanso y el ocio. Descuida sus deberes hacia Dios, hacia sí mismo y hacia la sociedad.

Victoria sobre el pecado

El pecado nos separa de Dios y evita que sus propósitos se cumplan en nosotros. Todos tenemos problemas. Ya sea con uno de estos siete pecados o con cualquier otro, a menudo luchamos contra nuestra naturaleza pecaminosa. Pero Dios nos ha dado las herramientas para vencer el pecado. Podemos acercarnos a Dios en oración, humildad y arrepentimiento. Dios nunca rechaza un corazón que reconoce que ha fallado. El salmo 51:17 dice: “Tú, oh Dios, no desprecies un corazón quebrantado y arrepentido.

Y así es. Cuando venimos en humildad ante Él, Dios nos recibe, nos perdona y nos restaura. Él nos llena de su Espíritu Santo y nos ayuda a vivir en santidad mostrando su amor, reflejando la victoria sobre nuestros pecados y la alegría de ser guiados por él.

Los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu.
(Gálatas 5:24-25)

Cómo recibir el perdón de Dios

El perdón es uno de los temas principales de la Biblia. De la historia de Adán y Eva en el libro del Génesis y a través de las Escrituras vemos a mucha gente que pecó y cometió grandes errores. También leemos cómo Dios los perdonó y restauró. Son historias llenas de luchas y también de triunfo sobre el pecado y el mal.

Así es como Dios quiere que vivamos, en comunión con Él. Él anhela perdonar nuestros pecados, para restaurarnos a su amistad. Dios quiere que nuestras historias también reflejen la transformación que viene como producto de Su perdón y amor.

Nos gusta pensar que somos buenos y justos, pero por dentro sabemos que cometemos errores e injusticias. Mentimos y causamos dolor a otros debido a nuestro egoísmo. La Biblia llama a este pecado, a errar el tiro, a vivir aparte de Dios. Sin embargo, él ha proporcionado una manera de reconciliarnos para restaurar nuestra relación con él. En la Biblia encontramos pasajes inspiradores que nos hablan del perdón de Dios y nos dicen cómo recibirlo.

¿Cómo recibes el perdón de Dios?

Confesar pecados

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad.
(1 Juan 1:9)

Lo primero es expresar y reconocer las cosas malas que hemos hecho, decirselas a Dios. Lo sabe todo y ya lo sabe. Pero tenemos que aceptar con humildad ante él que le hemos fallado y que hemos hecho cosas que van en contra de su deseo por nosotros. Este paso de confesión abre la puerta para que su perdón fluya y nos alcance.

Dios nos limpia de todo mal. No hay absolutamente nada que podamos confesarle que no pueda perdonar. Su amor y perdón alcanzan y cubren cada rincón de nuestro corazón.

Arrepentimiento

El Señor no tarda en cumplir su promesa, ya que algunos entienden la demora. Más bien, Él tiene paciencia con ustedes, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.
(2 Pedro 3:9)

No basta con confesar y reconocer las cosas malas que hemos hecho. Necesitamos arrepentirnos! Cuando nos arrepentimos expresamos el dolor que nos hace ver los errores que hemos cometido y que nos impulsa a hacer los cambios necesarios para empezar a actuar como Dios quiere.

Dios quiere que todos nos arrepintamos, que reconozcamos que lo necesitamos en nuestras vidas. Él quiere que nos reconciliemos con Él y lo recibamos como Señor y Salvador. No quiere que ningún ser humano pase la eternidad lejos de él. Por eso espera pacientemente nuestro arrepentimiento.

Entonces debemos creer en Jesús porque sólo en Él tenemos la salvación. Necesitamos creer que Jesús es Dios, que por su muerte en la cruz y su resurrección somos salvos y reconciliados con Dios.

Es importante expresar con la boca la certeza que hay en nuestro corazón. Debemos confesar que Jesús es el Señor. Decidimos pasarle el señorío de nuestra vida. Ya no hacemos lo que queremos, ya no vivimos para satisfacer nuestro ego. Él es el Señor y nosotros le obedecemos porque nos ha transformado y ha dado un verdadero sentido a nuestra vida.

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